Merceditas y su padre, don Jose de San Martin
Un avance de “MERCEDITAS”
Silvia Miguens
“Soy Mercedes Tomasa
Escalada, y San Martin. En realidad, San Martin y Escalada. O Merceditas.
Escribo estas líneas años después de lo mucho vivido. Aunque los recuerdos no
me abandonan, los escribo por temor a esa desmemoria que llegara sin remedio.
Además, intentando volver a pasar por el corazón, revivir mis momentos de dicha
o lagrimear por aquellos que tanto dolor provocaron a papá, a mí y a Pepita.
Con el tiempo la emoción se
nos torna ligera, intentaré las más ingenuas, las aun no ceñidas por
advertencias o sermones. Ni
prejuicios. Trataré de volver a lo que
no comprendí entonces. A lo que supe por crónicas ajenas. Por ejemplo, la duda
de aceptar mi apellido paterno. Imposible ignorar los dichos acerca de mi
padre. Falsas disquisiciones de una sociedad que antepone su bienestar al de la
mayoría. Conclusión imposible en la niña que era en esos tiempos primeros en la Santa María.
A poco de arribar, desde
Mendoza, a la casa de los abuelos Escalada, llegó un chasqui enviado por el
general San Martin, con el anuncio de su
inmediato regreso a Buenos Aires. Pobre mortal el mensajero. Tuvo que enfrentar
la furia familiar desatada apenas dar cuenta de que la intención de mi padre
era llevarme a Europa. No pude decir palabra. Aun no me reponía del viaje ni de
mi extrañamiento, en casa de los Escalada. Poco sabía de vivir en familia.
Mamá Remedios se había
casado a los 14 años y demasiado pronto su esposo, el teniente San Martin, fue
nombrado gobernador de Cuyo por lo que debieron trasladarse a Mendoza. Allí
nací. Un 24 de Agosto de 1916, al mes y días de la declaración de la
Independencia. Cumplía dos años cuando enarbolando una bandera bordada por mamá
con otras damas mendocinas, papá dejó su puesto de Gobernador y se dispuso a cruzar
los Andes, hacia Chile, al frente de un pequeño ejército, dando inicio a su tan
anhelada campaña libertadora.
De ese modo, con veintidós años mamá y yo poco más de dos,
nos quedamos solas. Por lo menos sin papá. Al arbitrio de las buenas gentes de Cuyo,
el calor del viento Zonda y el frio que deja al día siguiente. Así vivimos
hasta que mamá enfermó de gravedad y el general Manuel Belgrano, en nombre de
quien para entonces era ya el Libertador, aun en Perú, ordenó al general José
María Paz, custodiar la caravana que nos trasladaría a Buenos Aires.
Del viaje recuerdo poco: que
la galera se zarandeaba al trote de los caballos y la polvareda que levantaban
sus cascos, resecándome la lengua y la garganta, trocando el pelo en maleza
incontrolable, intratable el cabello y nosotras. El sol calcinaba el coche
mientras las cortinas oscuras nos daban apenas alivio; un aleteo de pájaro cada
tanto prometía agua y verdor, pero de
inmediato las ruedas contra el pedrerío arrasaban con la promesa.
No recuerdo mucho más, a no
ser que aun custodiadas, a salvo de bandoleros y a pesar de su enfermedad, mamá
entreabría los ojos y forzaba una sonrisa. Así fue a lo largo de amaneceres,
tardes y noches, hasta que un atardecer,
entre las sombras distinguimos un piño matas con ciento de rebrotes. Últimos
ramalazos del desierto y primeros de la llanura. Nos detuvimos en un cobertizo
de junco y caña a pasos de un hoyo de agua.
El postillón y la custodia,
aflojaron cinchas a los rocines y el correaje de las mulas pilcheras, agotados
de tirar del coche con nosotras y por detrás, el carro repleto de fardos de
paja, baúles y un gran bulto cubierto con lienzos que olía a madera nueva. Con
alegría, pensé que tal vez fuera la
pianola que papá nos había prometido antes de partir
Intenté bajar del coche pero
me lo impidieron. Al cerrar la puerta, escuché murmurar al postillón que debajo
de esas lonas había un ataúd.
-Eso es un disparate niña
Mercedes, ni se le ocurra comentar con la niña Remedios- balbuceó Carmencita
dada a cuidarnos de maleantes y enemigos o de animales grandes, culebras,
insectos y mucho más de nuestros miedos.
Aunque intenté alejar la idea del féretro, apenas
pude dormitar sin nunca abandonar la zozobra. De ese modo, entre duermevelas y
lobregueces aquel viaje de Mendoza a la Santa María fue mi primera gran
pesadilla.
No fue mejor el arribo a Buenos Aires ni los próximos días. Muy pronto, supe que en
esas calles atestadas de barro y de historia, con apenas husmear el aire, se
conjeturaban ríos de sangre y la sangre
en el río. Los días pasaban sin dejar de sentirme sapo de otro pozo. Extranjera
a pesar de los mimos de los abuelos, y las tías Escalada que permanecían junto a mamá, velando su
sueño y su efímero aliento y yo,
observando de lejos, pendiente del momento
triste, sin olvidar aquel embalaje de lona con el que viajamos, quien sabe si
escondido en el desván o el sótano. Lo cierto y definitivo, fue una mañana a
mamá en un ataúd.
No recuerdo si lloré. Puede
que sí. Qué más da. El llanto no cura, no evita la muerte ni el duelo.
Me obligaron a besarla y
cuando la besé me asaltó aquel perfume, no el suyo de lilas o el de los
jazmines del patio mendocino sino el de madera nueva de mi sueñera durante la travesía. Mientras besaba su rostro helado,
aquel perfume me hundió de nuevo en la angustia que me había esforzado por
disimular. Sin embargo, nunca más tendría que ocultar o simular nada frente a
mamá. Después de tanto sufrimiento, en ese instante preciso, un 3 de agosto del año 1823, a los 26 años, la niña Remedios reposaba en un nimbo de lilas
y cedro recién segado.
“Al fin en paz, mi niña”,
susurró la abuela después del beso de
despedida, mientras me bajaba de entre sus brazos. Tan fría la frente de mamá como mi beso.
Apenas puse los pies en el piso me alejé
tratando de dejar la muerte atrás. Pronto supe que la muerte nunca
abandona, es una presencia silenciosa a nuestro lado cada día, invisible,
ociosa como una boa que digiere hasta la próxima su presa, mientras vivimos o
creemos vivir.
No recuerdo cuánto estuve
escondida en el altillo, hasta que Carmencita me encontró dentro de un arcón, ensimismada como
bicho bolita. Con su frecuente animosidad me susurró al oído: has de saber, mi
niña, que con este baúl que huele a cuero y tabaco rancio, en donde buscas
consuelo, llegó de España el
conquistador don Martínez de Irala, padre del abuelo de tu abuelo Escalada. Así
supe de nuestro primer antepasado en
estas tierras. Pero nada me importaba el cuento ni la aversión de Carmencita
por esas historias de conquistadores y conquistados sino comprobar que lo
transportado desde Mendoza, no fue la
pianola prometida por papá.
Y, a las pocas semanas se
apersonó “aquel hombre mal entrazado”.
Así las escuché susurrar. Yo, apenas lo recordaba. En realidad esos
escasos recuerdos míos, no eran sino situaciones recreadas a partir de las
observaciones de mamá, de la abuela Tomasa y de las tías. Nada amables por
cierto.
Difícil aceptar que fuese mi
padre ese hombre de poncho polvoriento,
desprendiéndose el barro de las botas a golpes de rebenque, a quien, según los
corre ve y dile entre cocinas, era
frecuente ver desarrapado, cumpliendo tareas de campo, y al rato airoso su
uniforme de gala. No eran pocos los que
comentaban que en la casa de los Barriales, se lo confundía con su peón de
campo, cortando jarilla para asar un chivo o en la fragua herrando a su alazán,
sin dejar de responder a quienes se dirigían a él como “Señor Gobernador”. Lo
recuerdo borrosamente, un atardecer enlazando las riendas de su alazán en el
pescante y después de espolear sus botas de potro, verlo entrar como una tromba
y empinarse la jarra de limonada. En realidad, una vez más, debo reconocer que
recordarlo así, desusado y agreste ha sido por las palabras de mamá en días
poco felices.
La memoria es engañosa. No
obstante, fue esa mi primera nueva impresión, cuando lo vi atravesar el jardín
de los Escalada con esos gestos tan coreados por la familia, de sacudirse el
polvo de la ropa y el barro de las botas a golpes de fusta y, con las dos manos
ordenar su cabello polvorienta. Por reconocer esas maneras suyas, que
maliciaban las tías, no alcance a comprender su gran mesura al besar cada
mejilla de la abuela, según la costumbre española. Mostrándose sereno y amable,
como si nada hubiera sucedido los últimos días, ni años.
Pronto comprendí que esa
gentileza era su modo de mostrarse inmutable ante quienes lo criticaban,
negándose a perder tiempo en defensas ni
correcciones. Al fin y al cabo, sin dejar margen de dudas, los había anoticiado
de que me llevaría a Europa. Lo que
repitió entre susurros apenas se acercó a mí: te llevaré conmigo, porque tantos
mimos impedirán una educación adecuada.
A pesar del cuchicheo, la
abuela lo escuchó y entre dientes soltó: Y mira quien lo dice...que tupe! él
mismo no pudo asimilar en tantos años de educación europea, tan torpe hasta al
momento de compartir refrescos o el mate con tu madre y con las visitas.
Al parecer, según la tía
María Eugenia, hermana de mamá que vivió con nosotros una temporada en Mendoza,
cuando llegaba y veía tantas mujeres entre costuras, a pesar de tratarse
de las esposas de sus compañeros de la
gobernación o de armas, subía una mano rumiando un saludo y se encerraba en el
estudio con sus papeles o en la cocina a matear con don Galo. Estas cosas repetía la abuela, según la tía, y que yo ni siquiera tenía un año
cuando papá abandonó la gobernación, y a nosotras, para alcanzar su mayor
proeza: el cruce de los Andes, la liberación de Chile y de Perú. Por esas y
otras acotaciones mordaces del auditorio de turno, supe que muchos de quienes
lo censuraban y aun gran parte de los adulones, nunca dejaron de considerarse
súbditos leales al rey de España, porque al fin, eso de la liberación y la
independencia dañaba los negocios de muchos.
Fueron años de soledad para
papá y para nosotras. Especialmente cuando, desde la cama y más frágil que
nunca, mamá dirigía su mirada hacia la escasa luz de la ventana, celebrando las
flores del jardín y el sol aun en los días grises. En realidad, tampoco fue
fácil ver una “mamá” en esa jovencita a quien nunca dejaron de llamar Niña
Remedios. Jamás dejó de ser una preadolescente. Cuando nací, mamá era apenas
una cría educada para agradar. La
trataban con extrema delicadeza, con más razón al regresar enferma y de la mano
de otra chiquilla a quien ansiaban mimar y educar con iguales modos.
En cuanto a mí,
huérfana, con la promesa de vivir con
unos abuelos que apenas conocía y a la espera de otro desconocido que prometía
llevarme lejos, me convertí en una criatura iracunda y escurridiza. Rebelde por
naturaleza paterna y por las circunstancias. Consideraba no pertenecer a nadie
ni a nada y que no podría ser feliz en
ningún lugar. Aunque lejos de quién, de dónde. Lejos o cerca me daba igual.
Remedios fue frágil como
madre y frágil como hermana. Eso parecíamos,
en cambio, de mi padre decían que era un hombre fuerte, hecho y bien
plantado. Un capitán del ejército español que, habiendo nacido en un pueblo al
pie del río “Uruguai”, a los cuatro años fue llevado por su familia al viejo mundo. Apenas cuatro años
menos que yo al repetirse lo de la expatriación. Obligado a forjar su carrera
militar en España hasta que, luego de librar exitosas batallas’ decidió
regresar con intenciones de liberar el Sur de América, su tierra, dejando atrás
el ejército en el que había combatido, sin saber que antes de cumplir su sueño
de Independencia, su primera conquista debía ser la menor de los Escalada, y que después de
alcanzar la libertad de a América del
Sur, aun tendría pendiente la más difícil conquista: el corazón de su hija
Mercedes.
2
La providencia nos asombra
en cada etapa de la vida y no siempre gratamente. En mi caso, alrededor de los
siete años fueron muchas las sorpresas. Nada amables, por cierto: abandonar
Mendoza, la muerte de mamá, el abatimiento
familiar por su pérdida y mi próxima partida, además, la ojeriza de la siempre pacata y
desconforme Santa María de los Buenos
Aires con quien fuera su Libertador, mi padre.
A pesar de su fama de rudo y descortés, al vernos me tomó de las
manos y las besó del derecho y del
revés. Por un rato miró de cerquita el montoncito de dedos entre sus propias manos y beso mis mejillas.
Según dijo, eran demasiado los besos y abrazos que nos debíamos. Prometió que
no volveríamos a separarnos.
De ese modo, empezamos a sanar
nuestro vínculo y mi escasa identidad que hasta entonces me había sido
imposible admitir. Difícil aceptar a mi padre, mi presente, y mi porvenir. No
sería sencillo recuperar un lazo que no habíamos alcanzado a unir.
Una tardecita, a pesar de no
encontrar mucho, yo hurgaba en los cajones del secreter de mamá buscando cartas
o mensajes, algún indicio acerca del breve tiempo en que habían vivido juntos,
cuando escuché sus pasos en la escalera, fingí que escribía. Él se acercó y curioseando por
sobre mi cabeza preguntó:
-¿Qué escribes, mi pequeña?
-No mucho, señor.
-Te he pedido que no me
digas senior sino “papá”.
-Llevamos pocos días, no sé
nada de usted –murmuré, aunque en realidad, creo que esa reflexión
apenas fue producto de mi inquietud, no estoy segura de haberlo mencionado.
-Llevamos varios días juntos
ya pero no pareces a gusto.
-Puede ser.
-¿Es un diario íntimo? ¿No
eres pequeña para escribir uno?
-Es usted, Señor, quien
parece no confiar en mí. ¿Cómo sabe que eso es?
-Empiezas la página con la fecha de hoy y así se
escriben los diarios.
-Querida, el señor
–interrumpió la abuela entrando con unos dulces- cree que solo nos ocupamos de
cumplir tus caprichos y que nada has aprendido con tu familia.
-Es verdad, buena señora, a veces me equivoco. Pero quién no.
-No solo sé escribir sino
qué cosas contar.
-Me gustaría leerlo, hija.
-Un diario íntimo solo puede
ser leído por quien lo escribe, señor.
-Ya ve, caballero, algo
aprendió lejos de usted.
-Me disculpo, señora
Escalada, pero debe considerar que aun cuando no quise irme antes ni quisiera
marcharme ahora, me obligan. En esta ocasión no pienso irme sin ella, Mercedes
es lo más importante para mí.
-¿Acaso no era importante
liberarnos, señor?
-La libertad siempre es
importante, aun cuando las calumnias y la traición nos disparan al exilio. Ya no me iré sin mi hija. –Murmuró entre
dientes, cruzó las manos a su espalda y rumbeó
al jardín.
La abuela nos dejó solos,
mascullando quién sabe qué.
Aunque arreciaba el calor y
el horizonte se veía rojizo, una gran nube gris se había apostado encima de la
casa. Lloviznaba. Salí para festejar el agüita fresca goteando del jazminero,
con la cara hacia la lluvia y entonando una melodía, como acostumbraba a
retozar en Mendoza. Mis pocos momentos felices.
Pero ese día no pude seguir
y no porque la lluvia no venteara rico sino porque Don José se detuvo apenas al salir. Inspiró
profundo y un par de veces exhaló
despacio, parecía lamentar dejar salir el aire de sus pulmones.
Respiraba con dificultad. De inmediato, de una sola vez y para siempre dejé de
ver en él al hombre fuerte y tosco del que tanto hablaban.
Desde entonces tuve miedo,
ya no de él sino por él. Tomé su mano que de tan candente me recordó a las de
mamá en sus últimos días.
-Si deja de pensarme como
niña chica, Señor, prometo llamarlo papá.
Cuando me escuchó
decir “Papá”, el Libertador inspiró profundo, soltó todo ese aire en una
carcajada y así, acompasadamente, retomó
su respiración. Me extendió una mano y me
aferré a ella. Aunque puede que fuera él quien se aferró a mi mano.
Caminamos por el jardín. Pronto comprendí que la respiración se le negaba
cuando simulaba entereza. Erguido, sostenía el aire hasta el ahogo sin darse
cuenta de que su crisis, no era por falta de aire sino por exceso. La entereza
que enarbolaba ante quienes lo censuraban, en el ámbito público o de entre
casa. Sin dudas, desde que llegó a lo de los abuelos y a Buenos Aires, el clima
irrespirable ofuscaba su respiración.
La segunda vez que lo llamé “papá”, comenzó a silbar una melodía y nos
largamos a caminar bajo la garúa. Más
tarde, entre mate y mate, como de la nada dijo que solo las mujeres nos
permitimos llorar y mostrar sensibilidad, como sucedía con mamá y las tías.
Salvo las abuelas, porque con los años las lágrimas se les agotan de tanto
dilapidarlas en causas no poco justas. Sin embargo, con el tiempo supe que son muchas las abuelas
que lloran por causas justas sin tampoco perder fortaleza y muestran su dolor
con orgullo.
En él caso de papá, la salud
y el ánimo eran quebrantables. No era fuerte como todos pregonaban. Los hombres, grandes, ni los pequeños, se
animan a revelar su fragilidad y es cuando devienen más débiles. Nunca se asoma
una lágrima a sus ojos, las dominan hasta que se les acumulan en la garganta y
el pecho, así es como poquito a poco se les daña el corazón.
En esos días también
descubrí algunas cosas de mamá. A pesar de conocer la procedencia del baúl lo
convertí en mi refugio, quizá fuera solo como sucede a esos gatos que se
amañan a un aroma que le recuerda a
alguien que amaron en otra vida. Raro en mí, porque jamás hubiera amado al
conquistador Irala de haberlo conocido. Prefiero pensar que lo que percibía en
el baúl, era el perfume o la impronta de mamá. Durante la siesta, cuando todos
dormían y papá se ocupaba de papeles, yo corría hacia el desván.
Al comienzo, me sentaba
cerquita del baúl y de siesta en siesta me fui animando a más, hasta que al fin
lo abrí. Era vertical, semejaba un cuarto cerrado que escondiera un monstruo.
Sin embargo, toda puerta cerrada augura
fascinación y exige ser abierta. Eso me animó. O quizá me atrajo esa mezcla de perfume a tabaco,
lavanda, humedad y licor de los libros antiguos. El interior era de seda
carmelita, con estantes y un soporte para colgar ropa durante el viaje. Me
cautivaron sus cajones. Uno a uno los abrí. No encontré objetos del
conquistador, sino un libro con flores
entre sus páginas. Un ramito de violetas que de tanto estar apretado había
estampado otros idénticos página tras página.
Fuera del estampado del
ramo, que sin dudas habría guardado mamá, el libro daba la impresión de no
haber sido leído. Estaba escrito en inglés, puede que la menor de las Escalada
supiera poco inglés o que el cansancio y alguna desilusión pronto le hicieran
abandonar la lectura. Sin embargo, su conocimiento de inglés le había alcanzado
para traducir y subrayar la primera
línea: “Es una verdad reconocida
que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa».
Imagino que deben haber sido esas palabras y no su pobre inglés lo que
la decidió a no seguir leyendo.
No era la única escritura de su puño y letra, debajo de título escribió:
“Orgullo y prejuicio”, el nombre de la autora: “Jane Austen” y tal vez su
propio parecer en esos días: “Sin embargo, a veces, el hombre no es rico ni la
mujer pobre, aun así deberán casarse”. Seguramente lo escribió con miedo por aquel recién llegado de España, aunque
dizque argentino, que la doblaba en edad, con quien debía contraer matrimonio
para complacer a la sociedad y sus buenas costumbres que, según las tías, la
obligarían a dejar Buenos Aires y todo lo conocido hasta entonces. Del mismo
modo que me llevó tiempo confiar en papá, puede ser que a la “niña Remedios” no
le fuera sencillo confiar en el teniente San Martin porque, igual que yo, habría
escuchado mucho de las buenas y de las malas lenguas acerca de él. Es
que así de pacata es la sociedad porteña. Recela de lo que desconoce y se niega
a conocer.”

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